Después de la indignación.



Tras la crisis económica mundial y las resoluciones por parte de los gobiernos de seguir salvando al sistema que la había creado, la gente empezó a ser más consciente del mundo en el que vivía y decidió que estaba cansada de aceptar las cosas tal y como estaban. 
Así, poco a poco, estudiantes de varias universidades tomaron las plazas en una huelga general, en contra del plan Bolonia, un plan universitario que trataba la educación como otro producto de mercado. Esto fue sólo una mecha que fue encendiendo a la población estudiantil, a la cual luego se unieron pensionados y también trabajadores que presentían que sus políticos ya no eran de fiar.
Ellos mismos se definieron como "Indignados", debido a que su protesta declaraba su indignación ante las injusticias de la clase política y sobre todo la impunidad.


Las plazas se llenaron de muchachos pacíficos que se reunieron en asambleas callejeras para hablar identificando a cada uno de los problemas y también, entre todos, buscar cuál era la mejor opción. Entre las plazas tomadas estuvo Puerta del Sol, la principal de Madrid. Los indignados decidieron acampar allí y pronto se organizaron administrativamente, creando una tienda de campaña en la que había una biblioteca pública que funcionaba con las donaciones de la gente, otra con una enfermería y así fueron naciendo muchas otras, como aquella que clasificaba ropa para donar y el comedor público. Todo parecía un sueño extraño, ver en la plaza de más importancia turística de Madrid, el triunfo de la utopía, sin violencia ni arribismo. Por supuesto que, cuando en una sociedad que ha estado durante años sorda, se abre un oído, aparecen millones de voces que buscan ser escuchados, y así la plaza se llenó de movimientos contra la homofobia, de Palestina Libre, de comunistas, de feministas, de grupos contra el aborto, de grupos a favor del aporto y etcétera. Este Babel de ideales, sin embargo, no tenía disputas ni peleas agresivas. Quizás alguno que otro conflicto que se resolvía a través de la palabra. Es sorprendente que los seres humanos, en general, sí podemos convivir a pesar de nuestras diferencias. El problema es la incomunicación y las fronteras, porque es más fácil opinar de forma agresiva a través de la distancia que enfrentar al otro en vivo y directo.

La semana pasada, mientras el gobierno recortaba sanidad e imponía, entre otras cosas, la restricción de la salud pública a los inmigrantes ilegales y a su vez declaraba que no iba a dialogar con los partidos opositores ni escucharía las críticas a sus planes de ajuste, estos jóvenes habían hecho pequeñas asambleas en todas las plazas de la capital española para hablar y entre todos buscar una solución, cual democracia de la Antigua Grecia. Lo sorprendente es que había muchos más españoles que inmigrantes, y no sólo jóvenes sino también gente adulta y anciana que se preocupaba por esta situación, que muchos catalogaban de "segregación social" y no entendían cómo era posible que en una democracia participativa se tomaran decisiones tan graves sin siquiera permitir un debate. Estos muchachos en la plaza exponían sus opiniones, con turnos de palabra y oído para todos, de forma organizada y con un lenguaje de señales que han ido desarrollando durante este año, para informar si no se escucha, para hacer que se levante otra persona a hablar, para aplaudir sin hacer ruido ni molestar, y a pesar de que hay uno que otro radical, otro que simplemente no está de acuerdo, había también soluciones interesantes, como aquella de algunos médicos de rebelarse y seguir atendiendo, o la de algunos ciudadanos de hacer una partición en su tarjeta sanitaria. Ideas con ilusión pero a contra de la ley. Sin embargo, ideas que se desprendían del egoísmo de las resoluciones tomadas por el gobierno que, con un discurso nacionalista, defiende una economía que va mal por culpa de haber vendido el país a los inversionistas extranjeros.

Estoy muy contento de que exista esta democracia callejera. Sin embargo, es cierto que no se puede lograr ningún cambio si no se participa desde adentro. Todo cambio de paradigma social o político puede prosperar siempre y cuando se jueguen con las mismas reglas y se ingrese al sistema. No digo con esto que haya que convertirse en un corrupto o venderse a los bancos, pero sí creo que es hora de que este movimiento tan hermoso comience a articularse realmente y a crear confianza no sólo entre quienes lo apoyan sino sus opositores. Estuvo bien reunirse en la plaza a discutir y a demostrar que otra forma de gobierno es posible, pero es hora de ir a convencer a aquellos que votan al gobierno, aquellos que quieren que vuelva la dictadura o los que ya no creen en nada. Es hora de convencer a la fuerza votante y constituir un partido político que busque nuevas soluciones y se atreva a cambiar realmente, porque todo es muy bonito sin responsabilidades. Y esto no es lo de siempre, no tiene que ser lo de siempre si no se quiere. Gorbachov no cambió a la Unión Soviética desde afuera ni en las plazas, sino que, al ver lo que ocurría en la nación y el mundo, entró por los canales que había en el sistema político ruso, y poco a poco fue desenmarañando todo para conseguir el cambio. Y como él, hay miles de ejemplos de cambios de paradigma gracias a insertarse en el sistema.

Pareciera, sin embargo, que no se lo creen del todo, que no saben todavía lo fuertes que pueden llegar a ser; pareciera que no saben que contagiaron a juventudes de alrededor del globo, sobre todo las de aquellos países considerados los más poderosos del mundo; pareciera que no saben que los países los hace la gente y la gente puede cambiarlos. Han llegado muy lejos y ahora parecen detenerse en esta fase de la protesta, como si no creyesen del todo que puedan dar otro paso, y así se han perdido muchísimos adeptos a este proceso tan interesante, porque no veían más pasos hacia adelante. Es algo muy español eso de no creerse del todo las cosas, de dudar de sí mismos aun viendo los resultados. Cosa buena y mala, claro está, pero ahora hay que sacudirla un poco del pensamiento y hay que inyectar un poco más de ingenuidad, quizás, porque la esperanza es uno de los motores esenciales para las revoluciones. Hay que ser un poco ingenuo y bravo para lograr que las estructuras cambien de lugar y de posición.

En esto nuestros padres la tuvieron más fácil: sus años sesenta estaban llenos de positivismo, de una ingenuidad bandida que les permitía creer que cambiarían al mundo con flores y escuchando a Bob Dylan. Esa fue una juventud afortunada e inquieta, brillante, pero esta Europa tiene algo a su favor, que es su capacidad de raciocinio, de estar tan clara y, ambiguamente, ser tan poco ingenua, porque han logrado debatir más seriamente, sin menos pasiones y de forma más clara.
En fin, yo creo en las intenciones de esta juventud que está cansada de que les quiten el futuro injustamente y que buscan un mundo más justo y demuestran, sin ensoñaciones, lo posible que puede llegar a ser si todos trabajamos en conjunto y nos sacrificamos de verdad todos, y no como nos pide el gobierno. Yo creo en la conciencia social, política y sobre todo humana que puede respirarse en la calle. Ojalá se decidan a organizarse políticamente porque sé que no se encantarán, como se hizo en pasado, por el comunismo, y a la vez están muy conscientes de los estragos del capitalismo. Sería, quizás, un mundo más justo y a pesar de que tengo mi desconfianza de que pueda existir un futuro comandado por este movimiento, creo que en el hipotético caso de que se organizasen, podría surgir algo sorprendente.

Giulio Vita
@elreytuqueque


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