Maldonado Pastor.


En 1978, cuando Argentina se levantaba como campeona del mundo por la fuerza goleadora de Kempes, en la ESMA había campos de concentración en activo hechos por una de las dictaduras más salvajes del continente. Todo esto se vio opacado por la fiebre azulceleste que derrochaba triunfo patriótico bajo muchos ojos dudosos de unas victorias no tan claras.


Todo gobierno dictatorial invierte fuerte en el deporte, para utilizarlo como caramelo en la población y permitir el circo adecuado y así entretener de los verdaderos problemas. La gente embrutece con el nacionalismo deportivo o por lo menos olvida a ratos lo que ocurre a su alrededor.

En España, mientras se recortan fondos para educación y sanidad, se celebra que los once millonarios del Real Madrid están persiguiendo un balón junto a otros once millonarios ingleses.

El chavismo ha intentado hacer lo mismo, de una forma más mediocre, pero con la misma intencionalidad. Por eso ha gastado recursos en un deporte para la high class, que es la Fórmula 1, y ha patrocinado a Pastor Maldonado, corredor cuya única victoria importante ha sido la de la semana pasada; un corredor que todos tachaban de chavista (hasta él mismo), un corredor mediático, cuyas declaraciones siempre se han teñido de apoyo al gobierno, sin ser consciente (o no querer serlo) de la problemática del país.

Lo mismo ha ocurrido con la Vinotinto, que tanto nos emociona porque llega a cuarto lugar en la Copa América, con la corbata roja del entrenador que exige una y otra vez respeto. Está bien que podamos crecer como futbolistas pero no podemos caer en el juego del circo, porque Venezuela no es un buen equipo de fútbol, es algo que tenemos que aceptar. Si lo comparamos con tal y cual eso es otra cosa, pero hablando en líneas general, sin caer en relativismo, no lo es, y ni tampoco ayuda a los niños de la calle, por lo menos no tanto como el béisbol. Es también una empresa plagada de amiguismo, como muchas cosas en nuestro país y para lo único que ha servido es para sacar un patriotismo patético que no ayuda a crecer ni a mejorar.

Desde que Empresas Polar, empresa que sí ha invertido en Venezuela de forma social y económica, fue echada de nuestro equipo de fútbol por arrogancia política del chavismo, dejé de seguirlos, porque ningún jugador dio declaraciones en contra, porque los jugadores, al igual que los azulcelestes del '78 son muchachos cuyo único objetivo es ser fichados por un gran club y hacer dinero, en realidad no les importa el país. Si les importara, se comprometerían con lo que sucede y lo que les afecta, como la destitución de Polar, por ejemplo.

Maldonado sí se ha comprometido, promoviendo un sistema político agresivo que no ha resuelto nuestros problemas y en muchas áreas los ha agravado, y por eso yo no puedo celebrar ni emocionarme como una foca porque en Barcelona tocan el himno nacional de Venezuela por primera vez en un circuito de F1.

¿Cómo eso me hace sentir orgulloso? ¿Orgulloso ante quién? ¿Orgulloso para qué? El patetismo patriótico es sólo parte del indígena subyugado que llevamos dentro, no de Guaicapuro que luchó contra los españoles sino aquellos que decidieron ser conquistados porque se creían inferiores, y yo no me creo inferior como venezolano pero tampoco superior porque por una vez en la vida Maldonado no hace el ridículo o porque la Vinotinto este año quizás sí "quede" en el Mundial.

El buen patriotismo nos permite obrar en grande, como hicieron los dictadores venezolanos en su época, y es una lástima que los demócratas no hayan seguido ese ejemplo: el de la grandeza, el de construir para sentir orgullo y en cambio se fueron por el wishkey y el cuento ya vencido de que Venezuela es el país más bello y feliz del mundo.

Giulio Vita

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