El gol de Rajoy.

(ilustración de Sara Fratini)


El fútbol es un deporte maravilloso compuesto por dos equipos de once jugadores cuya meta es meter una pelota con los pies en el arco del enemigo. Se juega en un campo de césped bastante amplio, de manera de que todos los jugadores puedan tener el espacio necesario para corretear detrás de la pelota y hacerse pases más o menos estratégicos. Para tener éxito en este deporte se requiere un  equipo unido que sepa seguir estrategias, destreza física para correr, patear y saltar, y sin duda alguna, talento.
Los partidos duran entre 90 y 120 minutos, y las 17 reglas esenciales las hace cumplir un árbitro que también corre detrás de las jugadas, armado de un pito para que le presten la mayor atención posible cuando se requiere, pero no voy a fastidiarlos desmenuzando el deporte. No tendría sentido. Este tipo de entretenimiento hay que verlo para entender el goce que produce una jugada bien hecha, un gol a último minuto o una victoria asegurada. Lo que sí me interesa resaltar es que, entre los miles de equipos privados que existen en las varias competencias nacionales e internacionales creadas para el pleno disfrute del público, los Estados hace muchos años pensaron que sería una buena idea que cada país tuviese una representación futbolística, sus once hombre uniformados con la bandera del país para competir contra otros once extranjeros y así medir fuerzas. Debido a su naturaleza sentimentalista, no tardó en ser el deporte más jugado del planeta, y así se crearon los mundiales de fútbol, eventos de trascendencia universal, que enfrentan a los mejores equipos de toda la Tierra, y es allí donde cada país siente orgullo, como es natural, de sus raíces. Así pues, como en la guerra, se levantan héroes y villanos, vencedores y vencidos, se crean leyendas que, aunque los partidos se hayan televisado durante todo el siglo, deforman la realidad y la mejoran. Porque nuestra raza, seguramente por el karma de ser consientes de la existencia, necesita ídolos de cualquier tipo (Maradona-Dios, Pelé-Rey y Messi que ni te cuento).

Si se mirase un partido único, desde una perspectiva antropológica, se podría observar, por ejemplo, 10.000 personas sentadas en un estadio alrededor de otras veintidós que juegan con una pelota preferiblemente de cuero. Podríamos ver la emoción cuando el equipo de unos ataca y la desesperación de los otros, la alegría y el llanto, las peleas en las tribunas por razones de índole sentimental casi siempre. Concluiríamos, sin duda alguna, que es una actividad de suma necesidad para los seres humanos, que los hace vivir emociones grandísimas en un espectro de tiempo relativamente corto, y seguramente es eso lo que lo haya vuelto tan popular. El observador se dará fácilmente cuenta que es un deporte vertiginoso, emocionante y con un toque de azar que deja un sabor delicioso en cada partido.

El ser humano es gregario pero no demasiado gregario. Lo que quiere decir que necesita a sus semejantes para sobrevivir como raza pero no a todos ellos. Normalmente, necesita a aquellos que estén en un radio relativamente cercano a él. Todos los que se encuentren fuera de ese radio, los empieza a ver con desconfianza, seguramente por el pasado animal y el instinto de protección intrínseco. En todo caso, una cosa lleva a la otra, y se crean separaciones tácitas y luego escritas y así nacen reinados para que luego se hagan naciones, y este limitar, que, en principio, no es más que una simple regla de convivencia básica, comienza a volverse una excusa para la guerra. Y entonces se crean los equipos de soldados en cada país, motivados primero por la figura de un Rey amado y luego por una bandera, ya que nadie en su sano juicio va a irse a matar a sus semejantes sin una buena excusa.

El fútbol, claro está, no tiene que ver con la guerra porque es un deporte y nadie asesina a nadie, a pesar de que, extrañamente, en esta bella muestra de talento físico, el público, motivado por esa sed de victoria, se pone su uniforme, besa la bandera y olvida al mundo alrededor por defender a su país, ante todo a la Patria, porque el deporte nos une, nos hace mejores y nos da esperanzas.
Los gobiernos, también dirigidos por seres humanos que se apasionan por cosas como el fútbol, se dieron cuenta hace mucho de este sentimiento que inspira el fútbol y siempre que pueden, invierten en el crecimiento interno del deporte, promoviendo campañas, dando fondos e impulsando así la seguridad en los tiempos de menor tranquilidad. Los gobernantes quieren lo mejor para sus ciudadanos y si alguna vez usan al deporte como una excusa, lo hacen por el bien civil, por crear conciencia, por dar fe, tan buena que es.
La culpa no es de ellos sino de los ciudadanos de a pie, los que están en el bar viendo el juego mientras en la calle el país se les va a la mierda. La culpa es de aquellos vestidos con la camiseta de la selección porque se sienten más patrióticos y haciendo gala de su patrioterismo, se olvidan de los problemas reales de la Patria o de las cosas que ellos mismos defienden.

Yo era un fan acérrimo de Italia cuando vivía en Venezuela, porque me hacía recordar de alguna manera mis raíces y en la familia nos sentíamos igual: nos invadía un sentimiento de casa ridiculísimo, que nos hacía llorar si perdíamos o si ganábamos, porque nuestro país ganaba, nuestra bella patria a la que algún día volveríamos, esa patria que en los años noventa, sin yo tener idea, empezaba a ser conquistada por Berlusconi. Y no lo sabía porque mi patriotismo no llegaba más allá que a estar feliz si ganaban los once muchachos que iban detrás de una pelota. 
Después crecí, estuve en Italia, y me di cuenta, al igual que mi abuelo, que yo era más venezolano que cualquier otra cosa, sin importar qué dijera el pasaporte, pero, no caí en el mismo error y no, ahora no voy por la Vinotinto a pesar de que me hace feliz cuando gana. Porque aprendí que el patriotismo no es ganar un Mundial, y mucho menos en medio de una crisis financiera.

Ahora vivo en España y este fin de semana Merkel compró por fin al país ibérico, o no, no lo compró, lo rescató por 100.000 millones de euros, que España devolverá en cómodas cuotas, así como hizo Grecia. Esto ocurrió un fin de semana, para que nadie protestara mucho y justo antes del partido de España contra Italia y previamente Mariano Rajoy, el presidente del gobierno, fue a visitar a La Roja y se hizo una foto con todos ellos, en plan retrato familiar. Y son estas cosas que me hacen preguntarme ¿qué necesidad de viajar hasta Polonia para visitar a once millonarios que van a ir detrás de una pelota? ¿Qué migajas son esas de esperanzas tontas? Me habría parecido más interesante si Rajoy, en medio de una crisis llena de recortes económicos e injusticias para la clase media, hubiese tomado el metro de Madrid y con la rapidez de dos estaciones, línea directa Moncloa-Callao,  se hubiese sentado a escuchar a esos indignados que piden ser escuchados desde hace más de un año. Claro que, con esto, los derechistas se habrían indignado y los izquierdistas le habrían restado importancia porque, coño, el partido empieza ahora.

Me molesta que los deportes se entremezclen con la política y que los ciudadanos de a pie, los que pagan las cagadas de los de arriba, se molesten por las críticas al patriotismo patético, porque in Spain o en Venezuela o en Italia, las selecciones de fútbol son intocables, cualquier crítica sería una afrenta personal y anarquista, absurda y ridícula.
Yo protesto y no veo el fútbol, porque soy de corazón socialista, y entretenerme con veintidós millonarios sin estudios detrás de una pelota me parece un privilegio que ahora, desempleado y sin saber qué hacer en un país donde echan a la gente de sus casas, no me puedo permitir.

Giulio Vita

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