La contaminación política del chavismo.



A cuatro meses de las elecciones presidenciales en Venezuela, la campaña de la oposición se acentúa y, de algún modo, se transforma de una propuesta seria a otro show del circo político que se vive en el país desde hace casi quince años.
Henrique Capriles ha trabajado desde muy joven en la política, siendo recordado sobre todo por su rol como alcalde del municipio Baruta, en Caracas, y después como gobernador del Estado Miranda, desempeñando estos cargos con muy buena recepción por sus electores y detractores, seguramente por sus políticas de unión que siempre han intentado no ir en contra de la maquinaria social creada en el chavismo ni tampoco en contra de lo privado, a diferencia del gobierno, todo esto intentando crear oportunidades y desarrollando el potencial de los municipios.

Con esto dejo claro que Baruta o Miranda no son el paraíso y la delincuencia sigue azotando duramente, al igual que la problemática de la basura. En todo caso, Capriles ha sido un político que desde el principio ha luchado por una forma diferente de hacer política, sin las malas costumbres de los gobiernos anteriores ni las del de ahora. A diferencia de Leopoldo López, Capriles acapara más simpatía por el hecho de ser más cercano al venezolano medio, y el hecho de que no se fuera nunca del país, a pesar de todos los obstáculos que le ha puesto el gobierno.
Sin caer en fanatismos de ningún tipo, podría decirse que el candidato presidencial de la oposición lo ha hecho bien y parece tener buenas intenciones, pero tampoco es un superhéroe que nos salvará de todo el chavismo y devolverá en un gobierno suyo todo aquellos que perdimos en estos trece años.

En particular, yo no creo en Capriles, y por eso ejerceré mi derecho a no votar. Durante estas semanas he hablado con muchos opositores, algunos más radicales que otros, y cuando critico algo de su candidato, enseguida saltan y me reclaman que yo no estoy en el país como para tener una opinión válida, o que seguramente soy un chavista que tiene miedo a admitirlo y cosas en ese tono. Por supuesto hay muchos caprilistas, no fanáticos, con los que da mucho gusto debatir y tienen argumentos muy sólidos para apoyar a este candidato, y esos los celebro, porque significa que todavía hay gente que no ha sido expuesta (al menos no del todo) a la contaminación política del chavismo.
Uno de los grandes daños que han hecho trece años de Hugo Chávez en Venezuela ha sido la pérdida de la noción de las reglas democráticas. Hay muchas cosas que aprendí que estaban mal viviendo fuera de Venezuela y allí me parecían normales por culpa de la costumbre. Por ejemplo, nuestro presidente siempre se defiende diciendo que es un demócrata porque ha abierto muchísimos canales de televisión y permite siempre elecciones. Lo que no dice es que casi todos esos canales hacen apología al chavismo, irrespetando reglas básicas de comunicación y programación. Tampoco dice que en todas las elecciones se gasta un presupuesto del Estado y no del partido para hacer propaganda política de forma agresiva (se pueden ver todas las ciudades empapeladas de rojo sin ningún tipo de permisología o en lugares donde ni siquiera con permisos se puede poner esa propaganda). Y recordando que durante años tuvo su propio programa de televisión, pagado con dinero público, en donde podía decir lo que le daba la gana, como quisiese y sobre quién sea.
Todas las instituciones públicas en el país están parcializadas y controladas por el gobierno, haciendo que la democracia evidentemente pierda su calidad.
En Venezuela, según palabras de Chávez, no habrá un debate entre los dos candidatos antes de las elecciones porque, para nuestro presidente "Capriles representa a la nada", y eso nos parece normal y hasta gracioso, en vez de ser penalizado.

El chavismo ha funcionado de catalizador pues, todas estas cosas que menciono (y las muchas otras) no son obra de este gobierno sino mutaciones de nuestro pasado político o bien, de nuestro carácter como sociedad. Esto quiere decir que sí, Chávez es culpable de muchas cosas, pero no es el autor de todas ellas, y hasta que no entendamos esto, no podremos cambiar las cosas en el país realmente. Si no sabes de dónde viene el origen, las soluciones nunca serán del todo efectivas.

Por ello lamento mucho no en lo que se ha convertido nuestra sociedad sino lo que siempre ha sido, porque hablando con la gente de oposición más radical, me viene a la memoria cualquier simpatizante del chavismo, que no entiende razones e insulta al otro para ganar el debate (como si ganar fuera una gran solución para el país). La forma que Chávez hace un tiempo trató a la periodista de Radio Francia, Andreina Flores, fue un reflejo de cómo hablamos los venezolanos generalmente, sin escuchar al otro, sin leer la idea principal y yéndose por las ramas para descalificar, en vez de autocriticarnos y buscar una respuesta entre las dos partes del conflicto. Eso de debatir entre opositores o entre chavistas, me parece fácil, aburrido y sin ningún sentido. De ideas contrarias nace una buena idea, siempre que estas ideas contrarias estén argumentadas y su fin sea el de curar y no el del fanatismo. Pareciera que las democracias, en todo el mundo, se han encargado de promover ese fanatismo antes que argumentar sus propuestas de gobierno y ponerlas en debate. En lugares como Venezuela, donde la clase media es la minoría y el nivel de educación, pública o privada, es por lo general bajo, y que nos parece normal no tener una educación pública excelente en centros de estudios de calidad, los políticos nunca se han elegido por las propuestas reales que tienen sino por su forma de hacer populismo. Tanto el pobre como el rico, en nuestro país, reacciona por la emocionalidad y no evaluando con sentido crítico.
No voy a explicar esto en este artículo y pido al lector que haga un ejercicio de interiorización antes de presentar el chovinismo criollo oportuno en estas situaciones. Recuerdo que yo también soy venezolano y muchas veces me ha afectado la emocionalidad, y mis análisis sobre la sociedad en la que crecí, son según lo que percibo por el entorno en el que fui criado y las experiencias que he vivido. 

Henrique Capriles no me convence porque, tristemente, sus jefes de campaña se dieron cuenta de algo que entendió Luis Miquilena en el '98, que, para ganarle las elecciones a Chávez, hay que usar populismo y mucha demagogia, así que el candidato opositor ha decidido viajar por todo el país, con peluches de iguanas (en referencia a las declaraciones del gobierno sobre los apagones en distintas partes del país), diciendo groserías (como en Maracaibo, que les dijo que a ese pueblo "no lo jode nadie"), poniendo videos bailables, usando populismo (con sus camisas humildes y su gorra con la bandera del país) y siempre dando discursos emocionales. 
Lo que me parece realmente triste es que piense que tenga que bajar al nivel de Chávez para ganarle democráticamente. No digo que no tenga razón pero me parece que ya hemos superado hace tiempo los límites del circo y ya nada nos impresiona. Y sus electores, los fanáticos caprilistas, en vez de molestarse por el hecho de que su candidato haya empezado a comportarse poco a poco como aquel al que se enfrentará, se sienten identificados y le ríen las bromas, le aplauden los discursos, como los chavistas a su presidente.
Claro que a veces me pongo muy positivo y me gusta pensar que todo esto es una estrategia política para poder llegar al poder, a lo Gorbachov, y desde adentro cambiar las cosas y dejar el populismo de lado, cuando ya no sea necesario, pero luego caigo a la realidad y me cuesta creer algo tan bien planeado, y la actualidad me confirma que Capriles cada semana deforma más y caricaturiza su candidatura a un espejo de Chávez, por lo que no logro sentirme identificado.

Me gustaría que en algún momento empezáramos a decir basta, basta a la delincuencia, basta al chanchullo, basta al populismo, basta a la injusticia, y entiendo que muchos crean que Henrique Capriles sea ese "basta", mas para mí no es otra cosa que una atracción más de esta gran feria de circo que se ha convertido nuestra realidad política. Porque el tiempo sí ha pasado y sí nos afecta, sí nos influye la vulgaridad, el odio, la delincuencia, los tratos ilícitos; nos afectan y nos hacen peores, a pesar de que sigamos engañándonos con esas frases de que somos la gente más feliz del mundo o somos demasiado buenagentes y por eso rumbeamos hasta en la guerra, porque no, no somos tan felices como creemos, ni tan buenos y el hecho de que nos riamos de todo no nos hace mejores sino más inmaduros e incapaces de resolver nuestros problemas. Enfrentémonos, para empezar, a nosotros, a cada uno de nosotros, pero sin violencia ni bromas, que para eso tenemos al gobierno actual.

Giulio Vita


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