Nunca hubo un camino.



Entre las cualidades más interesantes de nuestros pueblos latinoamericanos, destaca aquella del olvido, la cual, entre otras cosas, nos hace personas muy agradables y poco xenófobas, al igual que muy fáciles de manipular por políticos de turno o periodistas pícaros.
Este alzheimer generacional ha hecho cada vez más difícil el progreso y avance de nuestros países, que han ido cambiando los paradigmas más por soluciones radicales que por consenso democrático, haciendo poco raro el hecho de que haya habido un golpe de estado tras otro durante los últimos cien años. 
Particularmente en Venezuela, esto no ha sido tan extremo y podemos estar orgullosos de que la democracia ha jugado un papel duradero, a pesar de que hemos pagado un precio muy alto para ello, y siempre por nuestra falta de memoria que nos llevó a votar los mismos partidos de siempre, hasta que, en 1998, hubo una especie de cambio de paradigma que nos llevó a votar "por lo primero que no fuese AD ni COPEI", los dos partidos políticos que alternaban el poder cada tantos años.

Hugo Chávez, gracias a la maquinaria de Miquilena y sus poderosos amigos, logró captar el descontento popular que habían acumulado los gobiernos anteriores y de allí sacar un ideal político y hasta un plan de gobierno, consiguiendo fácilmente los votos de la clase baja y la clase media, porque hablaba como el pueblo, se vestía como ellos, se reía de las mismas cosas que ellos y era tan accesible, tan buena gente, tan agradable. Aquello que parecía un gobierno de cambio, con políticas muy interesantes en cuanto a su potencial, terminó siendo el viaje megalómano de un hombre que decidió cortar los hilos de sus titiriteros y, olvidando a la sociedad que representaba, fue llenándose de vicios que el pueblo aplaudió y su oposición, formada por fósiles del pasado que lo creó, no se hizo esperar e intentó resolver el "problema" de la manera tradicional: con un golpe de estado. Por suerte, el plan falló y el chavismo se hizo más radical, deteriorando mucho más los pilares de la sociedad venezolana, como un gran catalizador que aceleró el proceso de putrefacción de nuestros valores y esto, como todo mal, trajo el bien del despertar de los estudiantes, hartos de vivir en una sociedad controlada y peligrosa, y así salieron a tomar las calles en contra del absolutismo.
El problema es que poco a poco, los antiguos políticos de la oposición vieron que cambiando los rostros, podrían crear un gobierno que captara el nuevo descontento popular, corrompiendo todo lo puro del movimiento estudiantil, el cual se erguía, en su momento, como apolítico y completamente social, cuyas intenciones no eran las del interés individual sino las del cambio para todos.

Chávez se hizo más fuerte, la delincuencia también y así el hambre y la corrupción, llegando a un 2012 lleno de inseguridades y asesinatos, con ministros sin formación e irrespetuosos, con el control de las divisas extranjeras y la fiesta de los petrodólares bajo nuestras narices y pública, sin ninguna queja real de la gente, porque la gente, los que están allí afuera, se conforman y adaptan su vida como siempre lo hemos hecho. Así hacen reuniones en casas, no salen después de las nueve de la noche, compran dólares al mercado negro, leen las noticias y se ríen del disparate, hasta que llega un nuevo candidato de la oposición, Henrique Capriles Radonski, un encantador y joven muchacho que se parece a ellos, habla como ellos, sueña como ellos y es tan buenmozo y preparado, no como ese bicho llanero que sólo nos hace daño. Así poco a poco, Capriles reúne el descontento actual y lo hace campaña política, creando frases pegajosas que tienen que ver con el pueblo y el cambio, haciendo discursos populistas que prometen trabajos y casas, pero también promete libre mercado, y crean noticias en las que se cuenta que él sólo usa tres camisas, hechas por una humilde señora de un pueblito chiquitico, porque él es humilde, y no como el Comandante Chávez que viste millones de dólares y come bien y está gordo e hinchado y Capriles no, porque es un joven prometedor que nos sacará de este infierno que vivimos, y toda coincidencia con la campaña y el sentir de la gente en el año '98 es pura casualidad, porque Capriles no tiene nada que ver con Chávez, no es lo mismo, no es el mismo momento, es todo otra cosa, aunque ahora sacó, como parte de la campaña, un video mal hecho que nos muestra cómo debemos bailar para ir a marchar por nuestro próximo Presidente, porque a las marchas, de lo que sea, tenemos que bailar, porque somos venezolanos, somos gente chévere y feliz hasta en las adversidades y cómo no vamos a bailar así estemos marchando por nuestros muertos, por nuestro futuro, por nuestra desesperación, porque la política es algo muy serio y si Chávez ha logrado quedarse en el poder haciendo de la Presidencia un gran show de comedia, cómo no vamos a hacer lo mismo, porque a nosotros nos gustan las telenovelas, el melodrama fácil, las esperanzas de película hollywoodense, y tenemos que creer que si pierde Capriles es por trampa porque no podemos admitir ese triste final de que siga esta horrible dictadura, porque con Capriles todo se resolverá y seremos libres y felices, y no, no nos damos cuenta de que todo sigue siendo igual, y eso es lo que me entristece de mi país, que algo tan duro como lo que hemos tenido que vivir no nos ha hecho madurar como sociedad ni tampoco como individuos, por lo menos en términos generales. Me da lástima que no aprendamos de nuestros tropiezos y estemos ahora yendo a algo que está a medio camino entre Chávez y los políticos de la cuarta República, porque no, Capriles no va a resolverlo todo ni tampoco puede ganar estas elecciones, por mucho que nos duela, porque Chávez no tiene que hacer una campaña política tan agresiva gracias a que su oposición le sigue dando videos como éste o "Ciudad de despedidas", que hacen que la gente le dé asco todo lo demás, y la parte buena del discurso se anula, al igual que cuando Chávez se pone violento y grosero. Veo a la gente de mi generación embobada exactamente igual que mi abuelo en el '98 por Chávez, y mi abuelo es un hombre sin la mitad de los estudios de estos caprilistas, y eso es porque nuestra educación, tanto pública como privada, no nos crea un pensamiento crítico y en cambio nos hace ir como ovejas a un lado o a otro. Yo ya no creo en Venezuela, y me hace sentir mal y me da rabia, porque es un país con unos recursos naturales impresionantes y un clima sabrosísimo, que podría alojar los sueños de la gran mayoría y crear una sociedad feliz y próspera, pero en el Caribe, tristemente, nos dedicamos más a eso de la felicidad para dejar la prosperidad en manos de otros, porque olvidamos, porque no recordamos lo que sería, porque creemos que este instante es lo único que vale la pena, y en vez de pensar en lo que ocurrirá en los próximos diez años, pronosticamos nuestro destino con lo que ocurra el 7 de octubre, sin darnos cuenta de este ahora.

Y sin embargo sigo publicando artículos sobre mi país, sigo leyendo las noticias, sigo debatiendo con amigos y poniendo al alcance de todos mis opiniones, porque una parte de mí, aunque no lo crea, quisiera que mi frustración me esté haciendo equivocar. Sigo publicando a pesar de que las respuestas que recibo casi nunca son críticas, casi nunca son analíticas y no pasan del comentario de internet entre el insulto y el rechazo, como buena herencia de nuestro Presidente, que nos ha enseñado a no escuchar a las opiniones críticas, a no informarnos y especular por todo, porque eso es otra cualidad, la especulación como forma de periodismo popular.

Giulio Vita

POPULARES