El Batman más cínico.



Batman es un personaje que encara bien las consecuencias de aquello que Vargas Llosa ha denominado la civilización del espectáculo. Desde sus inicios, inocentes e idealizados, comenzó como una amalgama entre detective y héroe, mas, en contraposición de Superman, no se basaba en la propaganda yankee sino, más bien, en la cultura popular de aquella época, absorbiendo características evidentes de personajes de la literatura y del cómic con el objetivo de crear un prototipo de superhéroe menos pueril, asignándole trazos aristocráticos, en un intento por buscar aquella figura del altruista. 



El potencial de este personaje hizo que, a través de las décadas, y gracias a la evolución del cómic, diversos autores encontraran nuevas formas y significados en el personaje de Bob Kane, y así, se deslizó y adaptó a los cambios de lo que llamamos nuestra cultura, cada vez más sedienta de fuegos de artificio, otorgándole la sospecha de la homosexualidad, un archienemigo que, en principio era malvado y luego se transformó en un némesis psicópata y reflejo de nuestro héroe, El Joker.

Frank Miller ayudó, en los años ochenta, a desvirtuar la inocencia de Batman y le creó un pasado mucho más oscuro junto a características psicológicas más profundas. Todos, al fin y al cabo, hicieron su interpretación del hombre murciélago, no tanto porque fuese más interesante sino por la fragilidad de sus bases, a diferencia de Superman, cuya ideología y psique estuvieron desde el principio constituidas en bases demasiado sólidas como para sacar interpretaciones tan fabulosas como aquellas que ocurrieron en Batman.
Así pues, desde Bob Kane hasta Christopher Nolan, la leyenda de Batman se convirtió en un sinfín de leyendas y, hasta un cierto punto, un sinfín de personajes que encararon la máscara del murciélago.

En este artículo pretendo desmenuzar aquel Batman de la cultura audiovisual, cuyos principios no niego están en el cómic (y quizás su declive) y sobre todo explicar por qué la última saga de Batman me parece poco digna de este maravilloso personaje. No es habitual, para mí, hacer una crítica de una película que no me interesa, pero, en este caso, haré una excepción por su personaje, el cual, tiene un espacio reservado en el pabellón de mi infancia.

El Batman de Nolan es hijo de la civilización del espectáculo, de una generación que antes que el contenido, prefiere las formas y siempre que éstas sean explosivas (literalmente) mucho mejor, para así alimentar la sed por la imagen antes que la de la palabra (una sed perdida en estos tiempos). Nolan, mercenario de su tiempo y hombre inteligente, convierte en Batman en mero producto de identificación fácil y lo disfraza con pretensiones psicológicas y alardes de enredada inteligencia, sustentándose, como ya he dicho, en las formas y no en el contenido de esta psique, haciendo al espectador parte de la ilusión de la cultura, de que aquello que está viendo es una obra de arte muy bien pensada e inteligente, más allá de que es una película de mero entretenimiento. La pretensión de Nolan es un símbolo claro y ridículo al igual que aquellos que citan a escritores en su Facebook o Twitter sin haber leído la obra. En todo caso, la Warner sí hizo la tarea y contrató a guionistas que investigaran sobre el mundillo del murciélago y así, creyendo descubrir el santo grial, encontraron El Caballero Oscuro de Frank Miller y lo adaptaron al gusto por la violencia que tenemos en nuestros días, esa necesidad occidental de los pueblos que viven en democracias exentos de guerras en primera persona.

La primera entrega de Batman, además de aburrirme de sobremanera, me pareció una payasada en la que el director se dio cuenta de que todo vale para el espectador moderno, siempre y cuando lo expliques con una pequeña línea o hagas un efecto cool. Desde la voz ronca de nuestro héroe (que en el cómic funcionaba pero en el audiovisual cae en la ridiculez), el bati-tanquedeguerra, la excursión asiática para entrenarse, el traje robusto de soldado americano, hasta un Christian Bale flojo que no termina de calar al personaje por pensarlo más complicado y profundo de lo que es. Todo esto justificado con que "hoy en día sería así", con esa necesidad de realismo en medio de la irrealidad más ridícula, porque, Nolan y sus compinches, se toman demasiado en serio sin comprender que están haciendo una película de superhéroes, que puede ser entretenida y dar lecciones morales pero no con ese halo de filosofía que no es más que baratija.
Los guionistas, Nolan y su hermano, deciden buscar entre los villanos más underground por esa necesidad actual de "demostrar que sabes" y así mantener contentos a los fans de esta generación y darles un giro mucho más crudo y pornográfico, porque todo en esta saga es pornografía, y el único sentido de contener es cuando demuestra su falta de uso en el ritmo.

La segunda entrega, en cuanto a ritmo, resiste mucho mejor que la primera porque, basada en el Joker de un maravilloso pero no merecedor del Óscar Ledger, explota todo lo que quieren los espectadores modernos, violencia y terrorismo, dos taras de nuestro mundo occidental post-2001, y así se crea este guasón psicópata copiando escenas de las películas de acción más elaboradas, como Heat de Michael Mann, pero empobreciendo todo con la violencia por la violencia disfrazada de dilemas y psicologías que al fin y al cabo no se sustentas solas. A esto tenemos un Batman tan flojo que pasa desapercibido, a diferencia de lo que debería ser, pues, bien habría podido hacerse la película con Ledger haciendo daños y terror. De hecho, la mejor escena es cuando el director, hijo de su tiempo, le da una cámara de video a Ledger y éste envía un mensaje con su víctima secuestrada, al mejor estilo YouTube. Esta película demuestra la fascinación morbosa que existe en occidente por la violencia gratuita y la falta de pensamiento y análisis de aquellos que son, desgraciadamente, los exponentes máximos de nuestra cultura, y así se endiosa Nolan, quien en medio de la saga del murciélago, hace un disparate que disfraza su falta de argumento con efectismo, Inception

Es impresionante todos los elementos que tiene esta saga de nuestra terrible cultura por la violencia y el entretenimiento. Así, Ledger es encontrado muerto por sobredosis y empieza una leyenda sobre sus dotes de actuación (un actor que sólo ha hecho algo interesante en su última película) y la introspección que había llegado con su personaje, y los medios, seguramente promovidos por la productora, enloquecen y transmiten esta excitación a los espectadores, que esperan la gran obra maestra que gana valor por su mancha de sangre.

El final de la saga concluye en un guión flojo y fácil, por falta de guasón y a la deriva, mas, cínico Nolan, a sabiendas de que sus espectadores lo endiosarán así les ponga el fotograma de una mierda durante dos horas y media, pues, ya no tiene que demostrar nada porque se ha ganado el amor de un público que lo único que quiere es más violencia gratuita, sin importar los huecos de la trama o el ritmo insoportable de la película. Así pues, presentando este fiasco, enseguida aparece un muchacho de mi edad, ordena unas cuantas armas por internet y en su tienda local, y va a sembrar el terror en un cine de Aurora porque, al fin y al cabo "él es el Joker", como bien dijo en el juicio. 
Christian Bale va a visitar a las víctimas y todos nos sentimos conmovidos y afectados por una desgracia que, no entendemos, no es la matanza, sino la deformación del concepto de cultura, que pare mamarrachos como la trilogía del caballero oscuro.

Por mi parte, me encanta la serie de Adam West y su batibaile, sus frases de cómic y sus ¡pown!, que encajan (a diferencia de las frases de cómic en Nolan) porque de entrada nadie se está tomando en serio. Preso de esta forma de trabajar, Tim Burton hizo lo que, para mí, es el mejor Batman, con un Michael Keaton cuerdo y contenido, y un Batman elegante desde el traje hasta el batimóvil, y unos personajes que entran en el universo burtoniano sin irrespetar aquel de Kane ni los de la serie de televisión, en un ambiente gótico y cómico, dejándonos un Jack Nicholson grandioso, un Danny De Vito inigualable y una Michelle Pfiffer che te la voglio dire, sin olvidar que todos los personajes secundarios no aparecen de forma gratuita y las tramas y subtramas, menos prepotentes o épicas, están explicadas y concluidas con razón y sentido.

Poco queda de aquel Batman que hacía tiempo se deslizaba por las viñetas de Kane e imponía el bien con simpatía, mas esto no es un escrito desde la nostalgia pues, creo que los cambios culturales son interesantes y, de vez en cuando, enriquecedores.
Lo que me preocupa no es que a gente como Nolan, ilusionista barato, le den millones de dólares por hacer su trono del egocentrismo, sino que los espectadores, cada vez más idiotizados y después de más de cien años de cine, no encuentren este vacío y absurdo que es la película y, sobre todo, que lo que antes se denominaba cine independiente, pierda en cada década más fuerza crítica y produzca menos. Nuestra civilización nos ha sucumbido en el cinismo, no sólo a los espectadores sino, sobre todo, a los exponentes de nuestra cultura y así se ha sucumbido al ocaso de lo que entendíamos de ella y se sustituyó por la industria del entretenimiento, porque, a fin de cuentas, el show debe continuar.

Giulio Vita

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