El cacique de mi infancia.

El viejo Residencias Nadar era un bloque blanco al abismo de Lomas de La Trinidad y el comienzo del barrio de Las Minas de Baruta. Nosotros habíamos llegado allí desde Manzanares porque era lo mejor que había disponible dentro de nuestro presupuesto.
No contaba con una piscina, a pesar de su nombre, pero tenía espacios grandes y un parque donde los niños iban a jugar. A mamá le preocupaba que yo no lograse interactuar con personas de mi edad porque desde que habíamos llegado de Italia yo no lograba decir otra cosa en español que groserías y sólo a mi abuela, quien reía divertida de aquello que me enseñaba.
Poco a poco, yendo al parque con mis muñecos todas las tardes, conocí a Edward, un niño gordo que, al igual que yo, no tenía mucho qué hacer. Él estaba siempre con Johan, el cacique, un niño con un problema de salivación excesiva y la sonrisa fácil.


En la infancia es muy fácil hacerse amigos o enemigos. Todo es muy sencillo porque faltan los matices. Un amigo puede ser alguien con el que jugaste una tarde, o que te invitó al pasillo de su casa, a hacer estupideces, o, como Johan, te invitó a jugar con su Sega y te dio chucherías porque la mamá trabajaba en Chiclets Venezuela.
No pasé tanto tiempo con los niños del colegio como con aquellos del edificio, con los que viví aventuras épicas y absurdas, donde enfrentamos los miedos y las rabias, encontramos amor en las niñas que pasaban por el edificio, como Daniela, la muchacha que vino a pasar el verano a Caracas y nosotros, doceañeros y revueltos, la convencimos para jugar la botellita y robarle besos. Recuerdo muy bien que dejé de jugar cuando, después del turno de Johan, quedó un hilo de saliva entre ellos e hizo darme cuenta de todo lo que estábamos compartiendo. Al final, ganó el cacique, y Edward y yo nos quedamos con nuestras pistolitas de aire comprimido para dejar de pensar en muchachas y prometimos que no nos volveríamos unos idiotas por ellas.

Edward y Johan eran muy unidos. Sobre todo por mi mal carácter y mi necesidad de pelear por todo. Por eso fue a él al que le dolió más cuando se mudó a otro sitio. Para nosotros, náufragos del asfalto, una mudanza era casi una ruptura, porque no salíamos casi nunca de nuestra burbuja, en buena parte porque en Caracas la gente vive detrás de las paredes y no en la calle, por lo menos nosotros. Nos abrazamos y nos despedimos, prometiéndonos amistad y haciéndonos prometer de Johan que vendría a visitarnos, promesa que cumplió relativamente hasta que poco a poco, ya adolescentes, sus visitas fueron cada vez más difusas y extrañas.

Lo volví a ver a los veinte años, de casualidad, y en una fiesta. Mi primo salía con una muchacha que había ido al colegio con él y se había hecho su mejor amiga. En Caracas son sencillos este tipo de enlaces personales. 
Verlo fue una alegría y enseguida nos pusimos al día, riéndonos de tonterías y nos despedimos con la promesa de que nos volveríamos a ver, con una cerveza, preferiblemente en el edificio, para recordar el tiempo de las burbujas.

Esa promesa no pudimos cumplirla porque nunca tuvimos tiempo o quizás nunca quisimos, qué sé yo. Imagino que, al igual que muchos de mis amigos de la infancia con los que he perdido el contacto, pensé en Johan siempre como alguien disponible y allí, para cuando se diese la oportunidad de vernos o manteniéndonos en contacto, escuchando hablar de él. No creo, en todo caso, en esos remordimientos póstumos y absurdos porque no fue culpa de ninguno de los dos. 

Cuando mi primo me escribió para decirme que Johan había muerto en un accidente el viernes pasado, no supe qué sentir, porque tampoco sentí el vacío de alguien próximo sino más bien un hueco lejano, como una piedra del pasado que lanzaron y que, a la vez, más que desaparecer, resurgió terriblemente con todos sus recuerdos y, sobre todo, aquellos malos, quién sabe por qué. Recuerdo la cara del cacique roja y gritando algo porque su pelota se había perdido en el monte, una golpiza que nos dimos que fue más una revolcada en la hierba que otra cosa, la saliva en sus labios, la sonrisa fácil y Sony, azul y paranóico, moviéndose en una pantalla pequeña en su casa, donde pasábamos tiempo mientras su mamá estaba en el trabajo.

No sé qué sentir. Creí que alguna vez nos veríamos todos, en el mismo edificio, y que sería igual o quizás no, quién sabe qué coño creía. Ahora queda esta sensación que no es indiferencia ni vacío, es como si una pieza que nunca existió ahora faltase.

Giulio Vita

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