Encontrando cosas perdidas: Ulises Hadjis.

(Ilustración de Sara Fratini)


Toda esta semana de veraneo ha sido protagonizada por el disco “Cosas Perdidas” de Ulises Hadjis, maracucho triste con un Grammy Latino bajo el brazo y quince canciones desde aquello que dejó de estar. Una voz congestionada que se entremezcla con sonidos alegres y se identifica con el nuevo folk venezolano que ha ido emergiendo en esta última década.
La nostalgia es una fuente de inspiración para innumerables artistas en diferentes disciplinas, seguramente porque los seres humanos estamos, por lo menos la mayoría, afectados por el pasado. Ulises no tiene miedo de declararlo y nos zambulle en su caja de recuerdos, nos muestra sus fotos viejas, sus cartas devueltas, sus amores idos, las ciudades por las que pasó entre notas que nos transportan allí con él, a extrañar sabrosamente, con esa melancolía después de la tristeza, donde recordar también es una experiencia divina.

Atado a la tierra y a las personas, Hadjis ha compuesto un disco tan personal que se hace fácilmente universal a través de la experiencia de pertenecer a esas cosas que perdimos y que de alguna forma llevamos en el corazón y nos construyen. Ulises, productor y músico experimentado, se las ingenia para crear con el sonido una atmósfera que nos pone del humor preciso para digerir sus textos, poesías dulces que nos acongojan y nos remiten a la sonrisa; y así, a medio paso del acústico, lo electrónico y lo eléctrico, sin caer en lo virtual, plasma un sonido que nos hace temblar sin hacernos daño, volver a la infancia y recordar los golpes sin el rencor, porque Ulises no nos pide que olvidemos el pasado ni tampoco que lo lloremos sino que lo celebremos casi más que al presente con todos sus estragos y sus terribles punzadas, pero no tanto porque nos han hecho más fuertes, sino porque, también lo malo, es parte de ese motor que nos lleva a la felicidad más pura.

Agradezco este viaje musical y poético que ha decidido emprender este Ulises criollo atravesando el mar de sus cosas perdidas, con las que no lucha sino intenta convivir y explicarlas para entenderse, a revivirlas e idealizarlas, en ese juego que tienen los tristes más tristes del mundo, cuyo hito de felicidad es aquel de volver al lugar de la alegría, el cual, en su momento, quizás tampoco sospechaban que lo fuera.


Giulio Vita

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