La pureza de los niños.

A menudo se suele recordar la infancia con una nostálgica sonrisa, mas, para mí, fue uno de los períodos más terribles y definitivos. Allí, en ese lugar de burbujas y golosinas, pude entender cómo estábamos hechos los humanos desde la razón hasta el alma, distribuida la virtud y la vileza. 


Habían venido Juan y Andrés a casa para construir el teatro de marionetas para el curso de Teatro que habían inaugurado ese año. Teníamos nueve años y las ideas claras sobre lo que haríamos: el pequeño escenario se haría con cajas de cartón pintadas y los títeres se coserían con tela. Mis amigos se encargarían del escenario y yo de las marionetas. Ya le había pedido a mi abuela la caja de coser y había dedicado una semana entera en perfeccionar mis creaciones. Estaba contento pero obstinado en mejorar cada detalle. 
Ni Juan ni Andrés estaban demasiado interesados en el proyecto, por lo menos no más allá de sacar una buena nota y terminar rápido.
Mamá veía con alegría mis muñecos, que ya encajaban en mis manos y se ganaban la vida a través del movimiento. Yo, taciturno y orgulloso, tenía que terminar de ponerles la ropa que seguía descosiéndose. Y así, en una aguja que se escapó y terminó por ir donde no debía, perdí los estribos y la rabia, sombra que me ha acompañado toda la vida, me hizo suyo para destruir todo lo que había creado, títeres y teatro, en frente de mis amigos que no entendían y mamá, entristecida, que me decía "pero son tus muñequitos", y yo lloraba, lloraba de rabia, de obstinación, por ese odio que quemaba ya entonces.

Suele decirse que "los niños son puros" como algo bueno, una suerte de alegría, y parece, quien lo dice, olvidarse que es precisamente eso lo que los hace tan peligrosos, porque el niño es puro, en el amor y en el odio. Después chocan con el mapa de valores morales y éticos construidos en la sociedad para así hacerse adultos y reprimir la maldad o la bondad excesivas pues, los niños, nacen en un estado de pureza tan absoluto que todo suele ser más dramático, desde el amor hasta la tristeza. No es casual que a medida que el ser humano envejece, vuelve a su infancia en recuerdos, allí donde los hechos lo marcaron de forma más profunda, para bien o para mal.

Es en este tiempo de la vida del Hombre donde percibe la vida y comienza a explorar los límites de la experiencia humana, preso de la inocencia del bien y del mal, de una forma menos pasional que en la adolescencia, pero también menos limitante, porque los niños son conscientes de estar vivos pero los adolescentes encuentran la conciencia de ser mortales. Este encuentro con la vida nos llena de impaciencia y, extrañamente, de mucho más miedo que aquella de la mortalidad, y es allí donde se crean las barreras del bien y del mal personales. Aquellas a las que nos adaptamos en sociedad, no son otra cosa que disfraces convenientes para poder unirnos a la fiesta del grupo. Los Hombres buenos y malos se crean en la infancia, como niños viles o paladines justicieros, y no quiero decir que aquellos niños buenos no experimenten también ellos el mal o viceversa. Todo lo contrario. La bondad de un Hombre tiene mucho que ver con las decisiones que tomó al experimentar la maldad en su propio cuerpo, y así mismo con la maldad.

Los valores de nuestras sociedades, algunos mejores que otros, no son sino la proyección de los individuos que la componen, de manera hipócrita o sincera, por el acuerdo más favorable a un mayor número de personas. 

En mi infancia encaré la crueldad entre mis compañeros de clase y yo mismo fui preso del mal llevado en mis propias manos, al igual que encontré la alegría y un sentimiento de euforia que no ha vuelto con la misma intensidad. Tampoco la rabia volvió de una manera tan violenta como en ese tiempo, pero sé que allí era igual a lo que soy ahora, sólo que más puro, con un odio y un amor mucho más puros. Ahora no soy más que esa pureza tallada y pulida con experiencias y valores.

Los niños le tiraban piedras a los gatos y yo me interpuse provocando malestar en el grupo. Así, Jonathan y yo nos fuimos convenientemente más lejos y les lanzamos piedras a ellos, para proteger a los gatos, creando la confusión y las intenciones asesinas en los otros. Porque nos gustaban los animales y nos parecía una crueldad hacerles daño gratuitamente, mas, a ellos, también niños, les entretenía y hasta excitaba.

Por eso mismo temo de la gente o los pueblos infantiles porque no cuentan con la racionalidad adecuada sino que se mueven por la pasión de sus valores puros, aunque también sean sabrosos y brinden felicidad precisamente por esa visión que tienen del mundo inocente y absoluta.

Giulio Vita

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