Mi abuelo partió: 60 años después

(fotografía de Filippo Vita)

Hace 60 años, el 4 de agosto del año 1952, Vincenzo Giustiniano, mi abuelo, empezó el viaje de su emigración desde el pueblo donde nació, en el sur de Italia, Amantea. De allí tomó un tren que lo llevó al puerto de Napoli para abandonar Italia en un gran barco junto a otros miles. En esa época contaba solamente con 17 años y era el mayor de una familia numerosa cuyas esperanzas y monedas habían invertido en él, con el sueño de esa América lejana. Todos, incluyendo su madre, le habían recomendado ir a Argentina, como haría su mejor amigo de la época, porque, entre otras cosas, en Venezuela no se encontraba agua para beber, pero él, testarudo y emprendedor, se había metido en la cabeza que en el sur no se podía hacer tanta plata y jocosamente contestó "¡pues tomaré cerveza!".


La parada más bonita de aquella aventura fue en Tenerife, donde por primera vez pudo probar el plátano y, enloquecido por ese sabor tan distinto, hizo cuentas y compró en un racimo lo que le serviría para las próximas dos semanas.
Pasaron por las Antillas y al llegar a Venezuela se despidió (sin saberlo) para siempre de su mejor amigo, quien seguía hacia abajo, con la promesa de que se verían en Amantea en diez años, una promesa que no pudo cumplirse por tantas vueltas que dieron las vidas de los emigrantes.

Ese joven atravesó el océano para llegar al puerto de La Guaira, entre monte y casas modestas. Allí, el italiano al que le habían pagado para que le permitiera la entrada al país, no apareció y un paisano que lo reconoció, le hizo el favor de llevarlo a Caracas, a un barrio de emigrantes, donde aquél que tenía que presentarse se excusó dándose por confundido y le ofreció un pescado de una pinta nada saludable.
Vincenzo, de corazón fogoso y culo inquieto, rápidamente consiguió un trabajo, como parquero, y estacionaba los carros de aquí para allá para ganarse el pan y, con ese rito que hizo de su vida, se levantó todas las mañanas y no desayunaba hasta no haberse ganado lo que valía el café, ya que para él nada debía ser regalado ni mucho menos robado.
Conoció a mi abuela, una andina que había ido a Caracas para probar suerte, y sin pensarlo demasiado, se casó y tuvo una hija, mi madre, con la que estuvieron de una mudanza a otra, haciendo malabares de trabajo en trabajo, y prometiéndose que sus descendientes tendrían lo que él no pudo, porque, ese muchacho de pueblo, inculto y sin educación, vibraba por los doctores y los intelectuales, quería que su apellido se filtrara en las universidades y saliera de los talleres mecánicos y del campo, cosas que no despreciaba tampoco. Así, trabajando en el estacionamiento de la Universidad Católica en Caracas, le pedía a los estudiantes de Derecho, que asistían a las clases de Rafael Caldera, un lápiz, un diccionario, un sacapuntas, para su hija que empezaba a crecer, porque, para mi abuelo, la cultura y el trabajo son las cosas más importantes que existen.

Tuvo dos hijos más, tuvo que dejar el trabajo de mecánico en Baruta que había conseguido porque los ácidos lo dejaron parcialmente ciego, y, como esas cosas que sólo ocurren en la alegría de la magia, Vincenzo, ávido jugador de caballos, pegó un 5 y 6 y ganó dinero suficiente para vivir bien. Nostálgico, al fin y al cabo, y lleno de un espíritu bondadoso de familia, utilizó gran parte del dinero para llevar a toda su familia por Europa durante seis meses y de paso presentarles el pueblo de donde venía, Amantea, porque las raíces, en mi familia, fueron cosas para tomar en serio.
Con la otra parte del dinero, compró la casa en Baruta que sería cuna de la infancia y adolescencia de mi madre y sus hermanos, y más tarde el refugio de nosotros, los cinco nietos. Logró montar un negocio de respuestos junto al taller mecánico que lo había dejado casi ciego y así se deslizó por los años, con sus altas y bajas, transmitiendo en mi madre su maravilla por los intelectuales y convirtiéndola en un abogado e intérprete público, y la sed del trabajo a mis tíos, haciéndolos trabajadores.

Mi abuelo pasó por dictadura y democracias varias en un país petrolero que comenzaba a nacer en un siglo XX lleno de despilfarro, asombro tecnológico y revoluciones paradigmáticas. Lo vio todo y participó en el gran juego criollo, votando por sus candidatos, pagando sus impuestos e invirtiendo en el país. La calidad de vida que le proporcionó Venezuela no le permitió desear volver como tenía planeado porque, entre esa mujer andina y preciosa que le hacía tanto arepas como los espaguetis como a él le gustan y la facilidad de la felicidad que había, nunca se decidió. Nunca hasta hace diez años, que se hizo demasiado viejo para vivir el día a día y el país se convirtió en ese gris con rojo que es la muerte.

Ahora vive en Amantea, el pueblo desde donde empezó nuestra historia, junto a su esposa, quien se siente más italiana que todos nosotros porque "ella decidió serlo". Esta vez el trayecto de regreso lo hizo en avión y no está muy seguro si la tierra es la Amantea que dejó, o la que tenía en su cabeza, o la que es ahora o si es la Venezuela donde llegó o aquélla en lo que se convirtió, porque, para un emigrante, el problema mayor es que se nostalgia tanto lo que se tiene como lo que se perdió, porque somos de la tierra que nos recibe y de la otra, y así mismo, no logramos ser de ninguna. Nos cuesta, a mi abuelo, a sus hijos y nietos, pertenecer, (maravilla de verbo) y por eso nos albergamos en las personas, en los amigos, en la familia, y algunos, los más solos, en las palabras.

Giulio Vita


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