Fallecido pero no muerto.


Desde que tengo 10 años Hugo Chávez es Presidente de Venezuela, lo que se traduce como un camino paralelo entre los cambios de la adolescencia y un país convulsionado que intentaba cambiar para siempre de la mano de este líder contradictorio. Yo, hijo de italianos de clase media, pasé por el paro petrolero, las marchas estudiantiles, los cambios sociales, primero con una mentalidad burguesa, desde una butaca privilegiada, desde el pupitre de un colegio privado cuyos profesores necesitaban enseñar en otras dos escuelas para pagar el mes, sin que esto me afectara al principio. Poco a poco y viajando a Europa, escuchando lo que parecía Venezuela desde afuera, me di cuenta que esto era una revolución, hecha por un Hombre que conocía al pueblo venezolano y todas las luchas latinoamericanas, un Hombre que había estudiado su pasado y había luchado como militar por su presente pues ingenuamente creía que él sería capaz de cambiar al futuro.


Chávez se convirtió en poco tiempo, a través de un culto a su personalidad, en el líder venezolano más famoso después de Bolívar, gracias a su carisma y también a sus discursos hechos de espectáculo mas, lamentablemente, toda su ideología tuvo dos graves problemas: el primero, el más profundo, es que se improvisó mucho sobre la marcha. No había una línea demasiado clara, a diferencia de en otros gobiernos autoritarios. Chávez estaba un día contra la Iglesia y al otro a favor, todo parecía respetar más que a un plan político, al rating de la revolución. El segundo problema del chavismo fueron sus seguidores: los venezolanos, ricos y pobres, somos uno de los pueblos más capitalistas del mundo, por lo que el socialismo del siglo XXI, para muchos, no era más que una excusa para conseguir poder y dinero, tal como se vio en la familia Chávez en Barinas o en sus más fieles secuaces y las cuentas en el exterior.

En lo personal, admiro la figura de Chávez, por todo lo que intentó lograr, a pesar de que haya fallado. De todas formas rescato la conciencia social que intentó implementarnos, ese abrir de ojos que necesitábamos desde hace demasiado tiempo y que, lamentablemente, el odio de muchos (chavistas y opositores) han vuelto a ahogar en algunos sectores. Admiro a Chávez porque no fue sólo un líder venezolano sino latinoamericano, que tuvo la fuerza y el valor para hablar de temas tabúes desde su silla y en frente de cualquier audiencia. Lamento que sus discursos se hayan quedado en sólo discursos pues me habría encantado defenderlo, me habría encantado vivir una Venezuela como la que él y sus seguidores describían, me habría encantado mi país libre del intervencionismo extranjero y sin corrupción pero sobre todo sin violencia. Porque la Venezuela de Chávez, además de la verborrea, tuvo las tasas de violencia más altas de la historia y a pesar de que el discurso era justicia social, hubo injusticias a todo nivel, desde expropiaciones injustas hasta desabastecimiento de comida.

No creo que celebrar sea la mejor salida. Yo estoy preocupado sobre todo por la oposición ridícula que tenemos, la cual durante tres meses de ausencia del Presidente, no fue capaz de organizarse ni de constituir una fuerza unida. Me preocupan todos los mensajes de alegría por la muerte pues esto no es una victoria. Victoria habría sido ganarle en el terreno democrático, verle perder el poder y juzgarlo por los crímenes. Esta salida fácil que todos ven como un despertar, no es más que un curso de la naturaleza que traerá más caos a nuestro pequeño país, por lo menos lo traerá en la medida que desconozcamos al otro, a esos opositores que quieren un país sin chavismo y a esos chavistas que ayer lloraron sinceramente por su líder.

Mi mayor miedo es que, una vez más, enterremos nuestra historia y cambiemos la página del chavismo sin respetar nuestras secuelas. El Hombre se hace grande cuando recuerda sus huellas y actúa condicionado a ellas. 

Saludo a Chávez, porque para mí ha sido una suerte de ícono cultural, político, religioso, padre de muchos y diablo de otros. Fallecido pero no muerto porque Chávez está hirviendo en muchos criollos y en otros, como yo, está marcado como una cicatriz de país.

Giulio Vita

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