El venezolano es flojo.


Cuando tenía cinco años, llegué a Venezuela, emigrando junto a mi familia de Italia, porque mamá quería volver a sus raíces. Crecí en Baruta, en una especie de ghetto de emigrantes europeos que se habían instalado allí tras la emigración del después de guerra.



Todos mis familiares, incluyendo mi abuela venezolana, eran de la idea que el venezolano es flojo, que no había que confiar de ninguna manera en ellos y los únicos que valían la pena eran los europeos que habían ido a trabajar y no a delinquir. Por mucho tiempo yo también pensaba así, me parecía que el problema del país se debía a las personas que lo habitaban y nunca me sentí cómodo viviendo allí, por la forma de cómo se hacían las cosas, sobre todo.
Desde que me fui, hace cuatro años, he vivido en España y ahora en el sur de Italia, en el pequeño pueblo de mis raíces italianas. Tomé la decisión de irme tras estudiar cine y no conseguir ningún tipo de trabajo en Madrid, y por muchas otras razones que ya expliqué (http://www.elreytuqueque.com/2012/09/nuovo-cinema-amantea.html).

Allí creé el festival de cine internacional La Guarimba, el cual se celebró del 7 al 10 de agosto 2013. Para hacerlo trabajé durante todo un año para organizar todo y a su vez, en paralelo, reparé un viejo cine al aire libre de 938 sillas y para ello tuve la ayuda de mucha gente del pueblo y de diferentes partes del mundo, incluyendo venezolanos que viven aquí. Para explicar un poco: el cine tiene un suelo de hierba, por lo que tuvimos que quitar todo con las manos y con máquinas, porque este terreno es bastante tropical y dos años de abandono hicieron que la naturaleza se tragase al cine; las sillas son metálicas y estaban llenas de óxido, por lo que tuvimos que pasar primero una amoladora en cada silla, luego pintarlas a mano; las puertas fueron arregladas, la pantalla de veinte metros tuvo que ser pintada junto a todas las demás paredes. Todo esto lo hicimos recolectando fondos y trabajando nosotros mismos.


La región donde vivo se llama Calabria, se encuentra en el sur de Italia y no es bien vista por las regiones del norte. La gente de aquí piensa que nadie quiere hacer nada y desde que llegué he estado luchando en un ambiente lleno de poca fe en el futuro pero, día tras día, sin detenerme, logré atraer a muchos jóvenes que no hacen nada durante el año y cuyos padres creen que son unos vagos. Estos jóvenes pusieron sudor y profesionalidad en la reparación del cine y durante los días del festival distribuimos tareas según los intereses de cada uno. Por ejemplo, a uno no le gustaba la idea de hablar con la gente pero sí la de estar en el equipo de las redes sociales y no paró de twittear lo que ocurría en el festival, y así con los que manejaban el bar, el punto de información, los técnicos audio y vídeo, etcétera.



Mi equipo cuenta con venezolanos, estadounidenses, italianos del norte y del sur y españoles, y hay una edad entre 18 y 35 años en la gente que está siempre pero entre los que ocasionalmente ayudaron se encuentra mi abuelo de 87 años. Además de aquellos que repararon el cine y de la organización como tal, se encuentra mi amigo Freddy Oropeza quien hizo la imagen del festival, los criollos de TKSH Films que hicieron una intro espectacular y la ilustradora venezolana Sara Fratini, quien, entre otras cosas, organizó la exposición de los 30 ilustradores de todo el mundo y escribió e ilustró la historia del festival.
Toda esta maravillosa experiencia contó con más de 5000 personas entre el público, 303 cortometrajes participantes de todos los continentes, 30 ilustradores que hicieron su versión de nuestro poster oficial, un jurado cuyo presidente fue Nacho Vigalondo, nominado al Oscar 2004, y el hecho de haber instituido en toda Italia la palabra Guarimba y guarimbero en su significado más hermoso: aquel de lugar seguro porque, entre otras cosas, fuimos noticia Nacional en todos los periódicos de Italia.


Todo esto me hizo reflexionar sobre los prejuicios que derivaron de una sociedad hecha para obrar mal hasta tocar al individuo. No creo que las personas sean malas o buenas ni útiles o inútiles, creo que existen sociedades que motivan inadecuadamente a sus ciudadanos. En la Venezuela de hoy y seguramente en la de antes, se crea un individuo proclive a la corrupción y no al trabajo colectivo para el bien común. Probablemente los jóvenes hijos de papá que lo tienen todo no quieren trabajar como camareros pero no por esto son vagabundos y con esto no quiero decir que el trabajo de camarero no sea digno (he tenido experiencia en ello y estoy orgulloso de haberlo hecho) pero quizás trabajen duramente por algo que los haga felices. Así como el hecho de la violencia en los barrios, que un niño de doce años prefiera una pistola a un dinosaurio de juguete es porque su sociedad le ha robado la infancia, no porque él ha tenido el mal adentro.

Una estructura social enferma creará individuos enfermos y es exactamente eso lo que ocurre en el país, y mientras se sigan tomando soluciones por encima, construyendo casitas o canchas de baloncesto en medio de las armas, sólo estaremos haciendo política para ganar votos, no acciones sociales contundentes. Cuando siga existiendo la violencia de la desproporción entre una clase social y otra, los niños seguirán prefiriendo la venganza a través de la violencia física. Por eso mismo creé esta guarimba en otro lugar del mundo, no para excluir los venezolanos sino para atraerlos a un mundo más justo. Muchos dirán que está mal no haberlo intentado allí y sólo les puedo decir que la cultura no puede predicarse en un valle de balas. Antes tiene que estar amparada de un escudo y sinceramente no me interesa la idea de ser un mártir y morir como un tonto. Creo en los individuos de mi país talentosos que quieren creer en el futuro y trabajan duramente para conseguirlo, como todos los que trabajaron para este festival y aquellos que espero algún día atraer, mas no creo en la sociedad venezolana pues es injusta y asesina, y aquí no estoy hablando de chavismo ni de oposición, sino en líneas generales de aquello que es la estructura. Mi solución, personalísima, es que abandonen ese teatro miserable de la democracia y trabajen duro por sus sueños en otro lugar, quítense esas mentiras de que es peor pasar hambre en un país que no es el tuyo; mucho peor es comer bien en un mundo que se destruye. Nadie merece vivir en Venezuela y cuando empecemos a aceptar esto, podremos encontrar nuestros propios sueños y hacerlos colectivos, aportando así a la humanidad algo interesante, en vez de concentrarnos en un sólo país. La Historia de la Humanidad debe ser siempre universal y por eso ahora puedo decirlo: el venezolano no es flojo pero está mal motivado.

Giulio Vita


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