Colérico Espín: dos outsiders se juntan




La relación de Jesusito con Venezuela me ha siempre parecido la de Cortázar con Argentina: los dos son forajidos, extranjeros de su tierra y al mismo tiempo tan criollos, desde los afectos hasta el estilo.


Conocí al cantante de Colérico Espín en aquella época caraqueña cuando la música parecía decirnos algo nuevo, donde todo parecía estar por hacerse. Yo me había auto-proclamado manager de Los Chikibaby, su banda nasal, hecha con rock y humor, compuesta por estudiantes de Letras y Filosofía que habían visto mucho Woody Allen y leído mucha literatura. Y así se presentaron en los antros caraqueños, desde Discovery hasta Sake Bar, porque tampoco había demasiados. Todos estaban empezando. La Vida Bohème, por ejemplo, tenía un MySpace con una versión de "Aprendiendo a apagar el cigarro" muy mal grabada e interpretada; Domingo en Llamas estaba grabando su disco Truccatore y nos parecía que conocerlo podía ser lo mejor que podría ocurrirnos (¿cuántas veces habré escuchado Placeres Culposos). Había otras bandas, como Viniloversus o Americania pero no nos gustaban mucho. Los Mesoneros habían sacado su primer single "No puedes ver" y el hecho de que fueran tan jóvenes y tan buenos nos daba una esperanza, una suerte de fe por ese término tan asqueroso que es el "talento nacional".

Era una Caracas violenta y jodida como la de ahora, políticamente tensa y costosa pero también estaba llena de cosas buenas, como cuando decidimos hacer la campaña "Hombres de lentes y bigotes" y pusimos carteles por la ciudad con Los Chikibaby presentándose como una especie de políticos de las tantas elecciones que se estaban haciendo. 

De esa época me quedan muy buenos recuerdos y un disco que nunca terminaron de completar porque la banda se disolvió. A ellos les agradezco mucho o tal vez a esa época, porque crecí en muchos aspectos y allí también nació El Rey Tuqueque. También tengo el recuerdo de la insatisfacción de Jesusito y su búsqueda. Quise ayudarlo desde el principio por admiración. Me parecía que él podría ser nuestro nuevo ícono, nuestro nuevo José Ignacio Benítez.

Sus canciones y su música molestaban a mucha gente, en general, no voy a mentirles. Les molestaba "la poca seriedad con que se tomaban la música" (¡qué risas cuando leímos eso!) y sin embargo siempre vi mucho más serio y honesto a Jesusito, con su timidez en el escenario, el cálculo de sus palabras, la autocrítica, eso de abrir su personal caja de Pandora delante de todos y reírse.

He estado masticando con mucho cuidado, desde que salió, lo último de Jesusito, El Sol de los Venados presenta a Colérico Espín de Colérico Espín, producido por José Ignacio Benítez creador de Domingo en Llamas. Es un bonito final para un recuerdo o un buen inicio para la segunda parte. Jesús logró lo que quería: conocer uno de sus músicos favoritos y además éste le produjo un disco. Puedo ver la evolución que ha hecho musical y líricamente y sobre todo emocionalmente: parece que con este proyecto Jesusito ha decidido dejarse llevar por sus canciones, sin miedos. La crítica que le hago es que sea un poco pretencioso y la música se hace repetitiva. Pero ahora hablaré de las cosas buenas.

Me gustó mucho la canción La ciudad y los perros por lo lúdico y visceral: hace tributo a Vargas Llosa y se apropia el título para describir a la capital venezolana del autor. Me parece que representa muy bien lo que es el disco en su totalidad: una carta abierta y cantada a Caracas y una búsqueda muy personal de los sonidos latinoamericanos. Por supuesto que no logra más que la búsqueda porque Jesusito ha estado siempre en otro lugar pero el proceso es una mezcla muy interesante de referencias musicales entre Caribe y México acompañadas de imágenes de la literatura muy bien logradas.

Lo que me gusta es la búsqueda, la necesidad de encontrar algo, las ganas de hacerle un poema a una ciudad o a una mujer y convertirlo en esto. En este proceso Colérico Espín se conjuga con el país y se convierte en parte de una historia aunque siempre desde afuera (o desde demasiado adentro).

En mi ciudad, donde hay Pedros dan navaja por vocación en el corazón

Donde el hambre es una calle y un poco más

Donde Sancho Panza es gentilicio Nacional, no es de extrañar ver a Don Quijote con la banda presindecial, ¡ay mi ciudad!

Es una interesante visión de país hecha por Jesusito y José Ignacio Benítez, dos outsiders empeñados en pertenecer a su ciudad a través de la canción y esa necedad hizo nacer una obra cuya estructura funciona como un gran pequeño libro de poemas incompletos e interconectados, hechos para una ciudad o una mujer y manchados de tragicomedia, tal como nuestra Historia.



POPULARES